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Portada Recordando Twiggy Lawson
Twiggy Lawson


Lesley Hornby nació el 19 se septiembre de 1949. A su modesto hogar en las afueras de Londres sólo llegaba el brevísimo salario de un padre dedicado a la carpintería. Su esposa, un ama de casa que padecía profundos episodios depresivos, ya había criado a dos jovencitas adolescentes cuando descubrió que iba a ser madre por tercera vez pasada la cuarentena.

A pesar de que Viv y Shirley, las dos hermanas mayores de Lesley, fueron en un principio su ejemplo a seguir, ella estaba destinada a cumplir los más altos designios. La filiforme y rectilínea Lesley empezó a soñar con la fama en la adolescencia, cuando sólo era una mediocre estudiante de la Kilburn and Brondesbury High School For Girls de Londres, donde ya era conocida entre sus compañeros de clase y amigos como Stick -Bastoncillo-. Su exagerada falta de peso respondía a un metabolismo acelerado y a una pobre alimentación. La propia modelo ha confesado en muchas ocasiones que hasta que fue madre no disfrutaba con absolutamente ningún alimento, simplemente comía cuando no había más remedio. Una dieta insuficiente que ella acompañaba con anfetaminas, una droga con la que empezó a experimentar muy pronto. No hay que olvidar que los jóvenes mods despreciaban el alcohol, pero no desdeñaban unas cuantas píldoras marchosas que mantuvieran el cuerpo a pleno rendimiento durante horas. Sus pastillas favoritas, las purples hearts (corazones púrpuras), las ingería acompañadas de litros de Coca Cola, la bebida mod por excelencia.
Ser una mod era un asunto muy serio. Era la primera vez que la clase trabajadora conseguía destacar e imponer por su manera de ser y estar. Su forma de vestir, de bailar y de peinarse se convirtió enseguida en un ejemplo copiado hasta la saciedad, incluso por los jóvenes de las clases más altas. El objetivo era no pasar desapercibido y, especialmente, brillar en las noches de los sábados. Había que dar el golpe como fuera. Destacar de la masa e imponerse sobre los demás como individuo y como grupo era esencial.
En casa de Lesley escaseaba el dinero desde primeros de mes y, como tenía que hacerse con un fondo de armario adecuado, aceptó encantada cuando su hermana Viv le propuso que lavara cabezas las mañanas de los sábados en Mr. Vincent, el salón de peluquería donde ella trabajaba durante toda la semana.
Nadie podía imaginar que justo en este salón surgiría la oportunidad de cambiar drásticamente su vida. Mientras ponía champú en la cabeza de las clientas, Lesley, con 15 años, entabló amistad con un tal Nigel Davis, que ya había adoptado el rimbombante Justin de Villeneuve como nombre de guerra para introducirse en el mundo artístico. Tenía diez años más que ella y era sumamente atractivo. Un auténtico dandi que se buscaba la vida en un puesto de compraventa de arte y antigüedades en el mercadillo de Chelsea. Fue él quien advirtió el enorme potencial de Lesley, con la que mantuvo también una relación sentimental durante unos años, aunque nunca vivieron bajo el mismo techo excepto cuando viajaban juntos. Pero a este pigmalión no le movía únicamente la filantropía. Quería sacar una buena tajada del gran negocio que ya intuía en su novia.
Pero la futura estrella no se podía dar a conocer en estado puro. Había que limar su aspecto para que Lesley se convirtiera en la sofisticada Twiggy. Su Cicerone decidió comenzar por la cabeza y buscó el consejo del gran peluquero Vidal Sassoon.
Su larga melena castaña fue reemplazada, por medio de un radical corte y un intenso tinte, en un pelo corto y rubio a lo garçon. Si hasta entonces su vestimenta procedía principalmente de grandes almacenes baratos o de tiendas de ropa usada de la calle Berwick, en SoHo, su manager le abrió las puertas de Bazaar, la exclusiva boutique de la creadora Mary Quant en la distinguida Kings Road. La pop-top con aspecto andrógino estaba preparada para la gran prueba final: ser mostrada en las redacciones de las principales revistas de moda.
Su imagen y estilo impactaron a primera vista. La gran oportunidad se la concedió el Daily Express al publicar unas fotografías suyas bajo el titular "Aquí está el rostro del año". Se trataba de una cara que no utilizaba fondo de maquillaje y cuya gran arma radicaba en pegarse dos y tres pares de pestañas postizas en sus inmensos ojos azul verdoso. A veces, unas inocentes pecas pintadas sobre el rostro le daban el toque infantil necesario. El colorete en tonos rojizos y un poco de brillo en los labios hacían el resto.
Con sus primeros pasos hacia la fama, se empezaron a escuchar voces de alarma. Su delgadez no pasó inadvertida. Los padres de familia comenzaron a quejarse de que su imagen escuálida iba a ser imitada por miles de jóvenes inexpertas, que iniciarían así un camino que terminaría fatalmente en la anorexia. Dieron en el clavo. Su rostro de gatita distante y melancólica y sus huesudas rodillas atraparon a las adolescentes de medio mundo y a los directores de moda de Elle, Vogue, Harper's Bazaar, Look, Life... No había quien se resistiera a sus encantos.
Justin demostró ser un brillante hombre de empresa. Sólo que su gran y único negocio estaba centrado en una sola persona, Twiggy, que tenía que trabajar a destajo. Todo el mundo de la moda quería una portada con ella. Esta acumulación de contratos dio como resultado la Twiggy Enterprise Ltd, una firma de ropa que abrió tiendas en Londres, París y Nueva York. Al frente de esta empresa, Justin puso como director en funciones al padre de la modelo, un carpintero que no entendía de negocios en absoluto. Twiggy era aún menor de edad y, si bien podía ganar montañas y montañas de dinero, no estaba aún legalmente capacitada para administrarlo.
Justin, el hacedor del milagro, muy hábil como pigmalión pero poco ducho en inversiones, comenzó a fundir los ingresos. El dinero desaparecía rápidamente en forma de carísimos coches, relojes y selectos trajes de Tommy Nutter, el primer sastre de la nueva ola que se instaló en la exclusiva calle Savile Road. Como muestra de sus millonarias extravagancias sólo hay que dar un repaso a su garaje durante los siete años en los que Justin trabajó como representante de la supermodelo: compró cuatro Rolls Royces, dos Lamborghini, dos Aston Martins, un Bentley, un Ferrari Daytona, un Maserati Ghibili, un Porsche Carrera, un Iso Lhala, un Ford Mustang, un Trans-Am Firebird y un Jaguar... Éste último le duró poco más de una semana.
A Twiggy le bastaron cuatro años como modelo para pasar a la historia. Y también para acabar completamente harta de ser una percha que posaba para los mejores fotógrafos del mundo y terminaba siendo portada de las revistas internacionales. A los 21, decidió abrir nuevos horizontes y comenzó su carrera como actriz. Para ello fue determinante su amistad con el director Ken Russell, quien la animó a ser la protagonista de la película The Boyfriend. Después intervino al lado del actor Peter O'Toole en Club Paradise y en la serie de televisión de Freddie Francis, El doctor y los asesinos, junto a Jonathan Pryce y Stephen Rea. Hasta probó suerte como cantante, actuando y bailando en varios musicales.
Cuatro años después, antes de cumplir los 25, Twiggy dio por zanjada la relación profesional con Justin, la sentimental había concluido mucho antes, a pesar de que ambos anunciaran su boda en varias ocasiones. En 1977, cuando tenía 28 años, se casó con el actor norteamericano Michael Whitney, tras un breve noviazgo que le impidió descubrir la enorme dependencia al alcohol de su pareja. El whisky y los combinados terminaron con este breve matrimonio que acabó separándose y dejando a Twiggy con una niña, Carly, de cinco años.
A pesar de que la modelo había decidido no enrollarse nunca más con actores (los consideraba egoístas y emocionalmente muy inestables), cuando conoce al británico Leigh Lawson cambia de opinión. Después de una relación breve e intensa, se casa con él en 1989. Leigh aporta al matrimonio un hijo, Ace, de la misma edad que Carly. Convertida en una esposa y ama de casa feliz, el año pasado presentó en los almacenes Harrod's de Londres su autobiografía Twiggy in black and white (Twiggy en blanco y negro), rodeada de miles de nuevos y viejos admiradores que suspiraban por un autógrafo. Con algunos kilitos más pero aún esbelta, Twiggy cumple este domingo medio siglo y asegura disfrutar del enorme privilegio de haber podido protagonizar tan extraordinaria vida.

 

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