Ronaldinho Gaucho es el último embajador del jogo bonito.
Campeón del Mundo con Brasil, imagen de Nike en la Tierra y heredero en la
cancha del gran Pelé, Ronaldinho ha demostrado ser todo un virtuoso del
balón que divierte y se divierte haciendo lo que más le gusta: jugar a
fútbol.
Se puede decir que a Ronaldinho el fútbol le corre por las venas. Su padre,
Joao, ya era un apasionado del futevol que llegó a profesional cuando
todavía vivían en una favela. Luego le vino el turno a su hermano Roberto
quien triunfó en el Gremio de Porto Alegre mientras su padre trabajaba de
aparcacoches. Roberto llegó a ser internacional y el ídolo de Ronaldinho.
Pero cuando él tenía ocho años la fatalidad sacudió a la familia. Su padre
se ahogó en la piscina que el club les había regalado. Un mazazo que sólo el
fútbol y el apoyo de sus hermanos y su madre le permitieron superar.
Ronaldinho jugaba a todas horas dispuesto a demostrar que su padre tenía
razón cuando le decía orgulloso: Tú serás el mejor.
Enrolado en los equipos inferiores del Gremio Ronaldinho depuró su técnica
desde las canchas de fútbol sala y con 17 años debutaba en el primer equipo.
Entonces, su hermano Roberto colgó las botas y se convirtió en su sombra,
aconsejándolo, ayudándolo, haciéndole de mánager y de padre. Y Ronaldinho
creció. Ese año, con Brasil, el Gaucho ganó el Mundial sub-17 siendo
pichichi y mejor jugador del torneo.
De vuelta a Brasil las ovias se agolparon en su puerta. El PSV Eindhoven y
el París Saint Germain intentaron ficharlo y después de un largo litigio los
franceses se llevaron el gato al agua. Era el año 2000, justo después de
proclamarse campeón de la Copa América 1999 con la absoluta de Brasil. Su
gol ante Venezuela ya ha pasado a la historia: sombrero al defensor, control
con la espuela y gol. Una obra de arte por la que fue comparado con el
mismísimo O Rei Pelé.
En el PSG Ronaldinho se curtió como futbolista y como persona. Siempre
respaldado por su familia, siempre exhibiendo su imborrable sonrisa, deleitó
con sus regates imposibles a la parroquia parisina y sedujo tanto al
seleccionador brasileño que dejó a Romario en la playa para llevárselo a él
al Mundial de Corea y Japón de 2002. Y el Gaucho no defraudó. Su técnica y
su velocidad cruzaron todas las fronteras. Brasil fue pentacampeona y
Ronaldinho dejó para el recuerdo otro gol antológico ante Inglaterra.
Pero de vuelta a Europa sus relaciones con el entrenador parisino, Luis
Frenández, se deterioraron hasta romperse. Y en verano del 2003 Ronaldinho
fue puesto en el mercado. Tres pesos pesados, Manchester, Barça y Real
Madrid, entraron en la puja. Al final Laporta y los suyos fueron más hábiles
y se lo llevaron al Camp Nou. Ronaldinho se convertía así en la estrella
mediática prometida por el nuevo presidente. |